- Man, yo estoy fino, ¿tú?
- Sí, creo que se acabó la parranda, ¿San Ignacio?
- Ajá, me encuentro con la mujer ahí, ¿será que me dejas botado cerca? Que si por Altamira o por…
- Tranquilo, te dejo en el sitio. Qué fino que la ves, mosca por ahí, preveo que es Viernes de maldad, ja!
- Jaja, estás mal, man… Pero sí, después de este día tan fucker, bien merecido que lo tengo…
- ¿Qué pasó?
- Nada, me paré tarde porque…Man, por acá!
- ¡Mierda! Verdad, pero ¿ya llegó?
- Tengo un mensaje de voz, debe ser ella. Cuídese, bro…
Me paré tarde porque soy un desastre y la tecnología, a veces, una basura. Seis de la mañana, lejos de un día calmado. Cuando te levantas corriendo y contra reloj, parece imposible que el resto del día sea de otra forma, sin embargo, una chica puede ser suficiente motivación para emprender otra nueva jornada en la ciudad. No importa la molesta alarma o la poca motivación que había para el día, en unas doce horas estaría divertido y con compañía perfecta. Bien.
Toc, toc.
- Henry, es tarde, ¿no tienes clases hoy?
- Mmm, sí, Ma. Ya voy…
- Y recuerda lo del mediodía.
- Ujmmm.
En menos de veinte minutos había tomado un baño y me encontraba vestido, y en otros diez ya estaba en metro hacia la católica. Dormido, despierto. Dormido.
Bip! Mensajito. Estoy en La Yaguara somnoliento y perturbado por la imagen de una anciana peruana desdentada y raquítica que me canta un bolero de Carmen Delia Depini…“Besos de fuego son los que brinda tu boca…”. Qué fea encía, pensé. ¡Uop, el mensaje! “Henry, apúrate ya están repartiendo los folios”. ¿Folios? Maldita sea! Examen de Historia!
Día académico duro y de nuevo, al metro. Mamá me pidió que la esperase en Plaza Venezuela. Pesadez…
- ¡Mijo, permiso!
No termino de estrujarme los ojos y tengo a mi lado dos litros de anís materializados en un hombre con el físico digno del peor crackómano de Caracas; recoge basura, al menos eso se puede deducir de su camisa. Me rodea con su brazo y me dice que se llama “Peligro”.
- Mira, Pelúo, te voy a decir una cosa: la vida es jodía, mi esposa me dejó y se llevó el televisor. Es jodía, pelúo.
- Seguro, Don.
Me escapo rápido antes de caer mareado por el tufo. Gente y más gente, ya veo a mi vieja… ¿Por qué demonios tiene cargado un bebé que no conozco?
- Henry, tu tía Rosa está en Caracas. Toma, encárgate de Tico y yo hago el resto.
- Mamá, tengo que trabajar, cómo…
- Gracias, hijo. Por unas horas, te amo. Chao.
Me besó en la frente y se fue rápido. Tengo a Tico en brazos. Lo detesto, mucho más a la mofa de “Peligro” al pasar. Deprimente. Tengo que faltar al trabajo y de paso, quedar en ridículo con mi jefe cuando le expliqué la situación. Tico acaba de hacerse pupú. Ipso facto, decido no tener hijos.
En casa. Son las siete pasadas y Tico duerme plácido. Hora de perderse de acá para comenzar a perderse allá. Falta poco para verla, pero antes, Pepe; está despechado y con alcohol en la mano ofrece darme la cola hasta mi sitio de encuentro…
…Tengo un mensaje de voz, debe ser ella. Cuídese, bro…
“Hola…De verdad disculpa, pero no creo que podamos vernos, hay un documental de manatíes en cautiverio que había olvidado, lo transmiten hoy!”
¿Manatíes en cautiverio, qué carajo pasa?
Caracas parece tener miles de sitios adónde ir un viernes por la noche. Estoy frustrado pero ya no queda otra que verle el jugo a las horas de sueño venideras. No está mal leer algo o ver alguna peli incluso cuando media ciudad grita excitada afuera, pero cuando importas lo mismo que un manatí; maldita, maldita, maldita sea!
H