sábado, 7 de noviembre de 2009

Gastón fue

II
Del amor que no ocurrió

La elección natural tras cerrar la puerta de casa, sería tomar el metro y recibir mi aventón. Prefería por hoy que otro fuese el conductor designado de regreso; de momento no podía ni cargarme a mí mismo, mucho menos al transcurrir la noche. Entrada en la estación y puesta en marcha veloces. Mi vagón no está abarrotado o vacío; es un término medio con caras casuales, divertidas, humildes, jóvenes y destrozadas y, el titular del periódico que dobla y desdobla la dama embarazada a quien tengo enfrente, me deja saber que, por pequeña que parezca la decisión de abordar a estas horas ciudadpaís, deben saber correrse ciertos riegos. Incluso, todos.

- Se debe estar en cabales-, digo para mí en voz baja y sin notarlo, sin que deje de empezar a consumirme la paranoia.

-Hay que salir del hueco, muchacho-, me repito.

La mujer embarazada se ha cambiado de puesto a uno más lejano. Antes de abandonar el vagón, la observo intentando reprocharle su actitud. También la puedo comprender perfectamente. Le gana el prejuicio a sus ganas de confiar en el raro. Salir del calor subterráneo a la gélida noche. Ya veo a mi cola llegar, y Angélica está borracha. Dante resuena en la calle solitaria. Totalmente alcoholizada, me señala cuál es mi puesto; es el único disponible y no esperaba esta escena. Entro al auto y saludo al güero. Arrancamos descontroladamente. Me debe una por la desagradable sorpresa.

H

martes, 20 de octubre de 2009

Gastón fue

I
El clímax se avecinaba y la muchedumbre abarrotaba la sala. Justo venía uno de estos momentos donde pareciera que el tiempo se detuviese a descansar un instante y en sus delirios dimensionales, se place de ahogar al unísono las ruidosas voces coexistentes. Esas mismas que, ahora mismo, no se jactan del sano juicio y la cordura; más bien van de derrape, beats y fiesta. Pues bien, ellas, las cien o ciento veinte almas que también vieron lo que yo, se veían forzadas a cambiar el mood y no precisamente porque supieran lo que pasaba. Unos pocos jamás lo notaron y, otros más, no lo entendieron. Pero yo les puedo asegurar que pude presenciar lo acontecido. Qué bolas que pensaba no ir a ese lugar, algo raro me presentía y por ello, la siguiente decisión tras salir de casa, era la rápida pérdida del conocimiento como medio propio de aplacar mis temores y presagios. Pero en ese momento, cuando el destino alineaba montón de circunstancias y me sumergía en un ambiente de pánico absoluto por lo que transcurría a unos pocos metros, les debo confesar que también sentí morbo y esa sensación plácida al consumir un momento único. La recién conocida y recién simpática mujer con la que conversaba, tenía la cara descompuesta y se aferró tan fuerte a mi brazo que pensé que jamás podría desenterrar sus uñas de nuevo, y no era que eso me disgustara demasiado. Era la intro torcida del ligue de fin de semana. Esa noche, antes de salir de casa, quemé hierbas como para volverme loco y, en efecto, era lo que pasaría. Sólo que más salvaje de lo que me imaginaba.
H

jueves, 17 de septiembre de 2009

Tropical; más de treinta

Hacía un clima del demonio cuando Jonás se quitó la camisa a la entrada de la farmacia. La mañana de aquel Jueves, mientras él no podía escuchar nada más salvo lo que sus sueños le relatasen, la señora del clima decía en la tele del cuarto de al lado, que eran treinta y cinco grados los que azotaban Caracas. Treinta y cinco grados que le adherían a la ciudad un poco más de pegote, y a Jonás, le mutilaban sus intenciones de un sueño completo. Frustrado y aún malpegado, tendría que levantarse de su plácida cama y enfrentar el caos habitual de su circo social. Era necesario prepararse lo más rápido posible; el día anterior tenía intenciones de sacar cosas de su cabeza y en el interín, también se esfumaría la compra de la píldora que lo mantenía de humana apariencia. Ya para el momento en que se encontraba frente al escarapelado ascensor de su edificio, estaría casi vestido por completo. Decimos casi porque la camisa aún está al revés y los pantalones a medio cinturón, flojos. Jonás era un tipo que debía jugar a aquello del Jekyll y el Hyde. Violencia y demencial apuro como rutina. Tres o cuatro cuadras a velocidad de sedentarias piernas de treintañero y el cansancio que golpea pinchando en el estómago. Habría que llegar rápido, pero el sol inclemente no le ayudaba. Sudor a raudales en todo su cuerpo y un malestar incipiente; ya se divisa el rojo neón que reza “de turno”. Más dolor de rodillas y punzadas miles. Pantalones y piernas se aman y se juntan tanto como pueden, gracias a los fulanos treinta y cinco. Ya el razonamiento lógico lleva a Jonás a desprenderse de su prenda superior. La morena obesa que gana su sueldo al paso del click- abolla- facturas, gustosa habitual de más jarabe del que cualquier tos casual pudiera necesitar; reportó que el muchacho descamisado, sudoroso y pálido escupió palabras inentendibles y luego, empezó a temblar sin control en el piso de la droguería.


H

domingo, 13 de septiembre de 2009

Recordatorio de honestidades

Su actitud me estaba empezando a ladillar, y entre frases, ver la ira pura emanada a través de sus ojos, resultaba sencillo. En modo cabello suelto castaño oscuro, jeans y misma blusa vestida hace par de días, cuando decidí extender el tiempo de mi compra de cigarros. Creo que no se la había quitado desde entonces. Sin tapujo que valga ahora, amigo mío, le digo que siempre me generaba un morbo particular verla algo molesta, porque se me hacía irremediablemente guapa y mis deseos se ocupaban entonces, en revertir todo lo que implicara esa pelea del momento, mientras le hacía el amor. Pero esta vez creo que no me causaba tanto morbo el verla. No sé si por el manoteo repetido con violencia a tres centímetros de mi rostro, o por las lágrimas que le hinchaban la cara y logrando lo imposible, la afeaban. Cosa dura porque esa mujer era todo dulzura conmigo e incluso, con nuestros pequeños. Mis paranoias me regalaban más locuras e inseguridades de las que la realidad diariamente me invitaba a disfrutar. Era buena y lo estaba también. En cualquier evento que implicara amigos, espontáneamente mi cerebro se detenía, por lo menos un segundo, a pensar que era yo era el más afortunado de ese lote de vagabundos, borrachos; todos envejecidos y con gordas y feas esposas. Por supuesto que también veía lo provechoso de haber escogido a alguien tanto más joven. Para entonces, su saliva se disparaba y seguía llenándome, a veces cerca de los ojos. De vez en vez, se le quebraba la voz mientras clamaba que aquello de Oriana no podía ser. A decir verdad, en el tiempo que duró nuestra junta sentimental nos amamos bastante, por lo menos, suficiente. - ¿ Por qué cagarla, entonces ? - Me espetó el hombre, visiblemente indignado. - Porque Oriana tenía mejor culo -, le dije sin sentirme del todo mal.

H

miércoles, 2 de septiembre de 2009

De almas miserables

II/III

Al poco rato en que el nombre Fulop llegó a sus oídos, mujer no podía parar de reír. Una risa nerviosa. Lo único que saltaba casi espontáneamente de su memoria eran flashes de aquel simpático y robusto muchacho en plenos años de infancia. Coexistían claramente amigos en épocas pasadas y la vida adulta los habría de separar. Ahora, ocupaban distintas posiciones en una sociedad con imposibilidad para el status fijo; cambiante al ritmo de las circunstancias, también mentadas miserias humanas. De un aló casual a uno de esos que, un día cualquiera, simplemente te abofetean tan duro que resulta imposible pararte en el mismo lugar y en la desorbitación natural de la cabeza, cambias de destino. No eran los mejores momentos para recibir esa llamada. Aún faltaba un poco más de lápiz labial, tacones guapos y un físico increíble dispuesto a consumirse de nuevo en dignidad, para luego exponerse en microfaldas y escotes. Sin olvidar la nena de diez años que llevaba un sólo apellido y que habría que sacar adelante. Definitivamente, no eran los mejores ratos para tal cosa. No habría para qué revolver mierda sobre la vida que no se tuvo. Esa misma que la formaría en carácter y que aunque la expondría rutinariamente a manos de todoelmundo, no la dejaría morir de hambre. Mujer no haría otra cosa que decidir variar su rutina y esperar una bonita ocasión.  Así que con una media sonrisa diría,  – ¿Fulop, no? Por supuesto que me parece bien a las nueve -.


                                                                                                                                     H


domingo, 9 de agosto de 2009

De almas miserables

I/III


Crecer. De internalizar cosas al paso de la caída de la moneda, en varios sentidos. Le  toca recordar que a los siete le era rutina escuchar gritos entre padre y madre cual música de fondo, mientras le ponían las medias panty del disfraz de príncipe; para el carnaval, claro está. Hace ya más de veintiocho años de aquel episodio y hoy, en parada de autobús, Johnny llevaba colgado del brazo el traje de novio a estrenar en unas 68 horas. La remembranza se diluía entre la lluvia espesa y la espera. Había un nuevo traje para lucir; uno escogido ésta vez. -Soy inteligente, sí, soy un tipo listo, sin duda,-  se decía a sí mismo. ¿Habría sido todo distinto si hubiese sido un poco más flaco a los 15, o con el cabello más liso? Requisa dura a gavetas mentales para compensar la pérdida del libro y el tiempo libre y azaroso. El tiempo. El que habría que vivir y quemar; esa cosa amorfa. ¿Qué habrá pasado con aquel primer amor? - se preguntaba -. ¿Cómo carajo eres, simple y llanamente, otra cosa distinta a la que eras, a la que imaginabas ser? Nada más que esperar y la lluvia que comienza a ceder. Las luces de un gran auto se aproximan y un cigarro que deberá ser postergado. Johhny, que no era para nada un hombre que planificase el más mínimo detalle de su vida, sabría exactamente qué hacer tras media hora de tránsito y dulce llegada a casa. –Aló, diría-.  – sí, quién es - recibiría  de una dulce voz desconcertada, - Es  Johnny Fulop, ¿te acuerdas? -. A él no le importaría demasiado qué habría sido de aquella señorita, tampoco le afectaría que fuera una mujer que profesara la libertad de los cuerpos, sólo quería saber cosas y por eso después del aló y de una quizás buena conversa, la citaría en un hotel bonito del este de la ciudad.


H

jueves, 18 de junio de 2009

Tren a tren



Tenía un rato ya con la mano en el pasamanos y reflexioné en cuánta suciedad podía haber ahí. Pienso en las miles de manos de niños de corta edad, cuyo pasatiempo preferido es excavar en el fondo de sus fosas nasales hasta dar con cierta forma gomoso-sabrosa, el destino, bien sea boca o cualquier otro lugar, es irrelevante. Recordé también varias de esas almas en pena, que vagan en modo zombie por la ciudad, deambulando e intentando respirar oxígeno puro dentro de la basura; imaginé de inmediato centenas de personas recostando sus partes en este mismo lugar donde tengo mi mano. Me topo en frente con un tipo elegantemente vestido, porta un tapabocas. Bum. De una, se manifiestan escenarios que van desde el recordar las ingenuas medidas de prevención ante el virus, o las paranoias por querer inyectar a mi novia y a mí de miles de vitaminas que nunca merecieron mayor atención. El virus, imposible de ligar a otro contexto distinto a la especie animal, era para mí la forma manifiesta de la pequeña hecatombe siempre temida por la humanidad. La tragedia, el horror de la vulnerabilidad, ¡el apocalipsis prometido! Mi mano en pálida se desprende de la barandilla, recuerda que debe lavarse al llegar a casa y resignarse al azar. Irreversible y concluyentemente, mucha suciedad para este pasamanos. Vamos a ver qué tal el próximo.


H

jueves, 28 de mayo de 2009

Unos centímetros extras para el dolor

Hank se hacía más viejo y veía con gran dolor como, de alguna forma incierta, había alojado consigo a una panza. Una gran cantidad de grasa en su área abdominal que le recordaban todas sus penas y frustraciones. Lo hacía sentirse menos atractivo, con menos gancho para las mujeres, esas que tanto amaba y con las que tanto disfrutaba. Resultaba curioso observarlo, sentado en el garaje de su hogar. Completamente descamisado y descansado en una poltrona del papel tapiz más sesentero, percudido y roído en los bordes que puedan imaginar; nuestro panzón personaje pasa horas con vista perdida y contemplativa. Remembranzas de un pasado mejor, que se fue y no volverá para él. Recordaba Hank una de sus últimas escenas en aquella casa que tanto amaba.

--- ¡Mírate! – le decía ella en tono regañón. - Estás en tu peor estado y apestas. ¿Qué coño te ha pasado?

--- Es por la panza, verdad? - Profirió él desahuciado.

--- Claro que es por la panza. Estás gordo, eres un maldito gordo de mierda y no creo que me provoque acostarme contigo nunca más, ni que me toques con tus asquerosas manos infieles. Jamás tendría tus hijos porque no quisiera contaminar más a la humanidad. Te detesto profundamente y espero que de ningún modo se te ocurra llamarme de nuevo. Puedes pasar mañana en la noche por mi casa a buscar tus películas, por cierto y si quisieras preguntar, nada buenas.

Después de aquello, Hank no volvió a pronunciar palabra. Cual rutina, decidió tumbarse en su poltrona vintage todas las tardes a ver cómo discurrían infelices sus mejores años de sexualidad. Si el amor no le hubiese tocado de esa forma, el no habría decidido acompañar su soledad con toneladas de pornografía y nada más. Hank, dentro de todo, sabía que no era nada bueno tener una panza.

H

viernes, 15 de mayo de 2009

Pass


Las once de una calurosa ciudad y lo que tengo por delante es la realización de un trámite. Un pasaporte, que a pesar de que ya requirió la inversión de un esfuerzo extra en mi rutina para su realización, sigue generando molestias e incomodidades. De pie; rodeado de desconocidos que como yo fueron forzados a compartir este espacio de tiempo determinado, con sus respectivos sudores y hedores producto de rutinas variopintas, alimentado por todo el refresco que 7 ó 9 ventiladores no-nuevos pueden brindar en un amplio espacio de unos tantos metros cuadrados, y pastoreado siempre por funcionarios con la peor de las disposiciones y organizaciones; pienso en que alguien debió haber dicho que el nivel de evolución social y desarrollo de una nación podría medirse directamente por el tipo de desempeño de sus organismos formales. Sigo de pie inmerso en la inerte masa de personas-personajes típicas del enviroment local, cuando recuerdo una vocería de alguien en televisión que expresaba enérgicamente que existen muchísimos pasaportes no retirados de las oficinas públicas, lo cual acarrea un problema de seguridad, debido a la importancia de tal documento. Ante esto, la solución planteada, por lo menos verbalmente, fue la quema de dichos títulos legales. Ahora entendía mucho mejor el por qué de tanta gente en el sitio; simplemente se había activado otra de esas paranoias que a diario conviven en esta sociedad, en donde el juego de discursos multicolor chocan y se interrelacionan creando verdades más o menos tangibles con las que nos toca convivir y con las que decidimos identificarnos o no.
- ¡Luisa Pinto, Edgar Palacios, Viviana…! –
Gente que sirve de comienzo al ciclo, nueva cola que se genera, menos individuos en la sala. Comenzaba la fase de desesperación, cuando puedo observar a uno de los trabajadores del lugar quien semanas atrás me recordaba con la sutileza típica de la ignorancia que “¡así, en chores, no puees pasá! Me caliento un poco trayendo de nuevo el episodio y me distrae la disonancia sonora de la turbamulta más cercana, quienes emprendían de la forma más honesta, los gritos que las mejores de las energías de un cadáver de cola pudiesen proferir. El motivo no era ni más ni menos que la hora del mediodía, sitio espacial que significa perdición y dejadez para el trabajador promedio; válvula de escape de la pereza acopiada hasta dicha hora e, inmediatamente, acción profana que dejaría un centenar de personas recluidas en este recinto incómodo y formal. Empiezo realmente a preocuparme.

- ¡Maldita sea la hora del almuerzo!
- ¿Qué dijo, mijo?
- Nada, señora. Le digo a una cincuentona morena que pretende interactuar y a la vez, me doy cuenta de que ni siquiera explicarle una maldición lanzada a los aires a una doña posiblemente devota me puede entretener.
Más preocupación cuando noto que el síndrome de la hora de almuerzo está empezando a golpear mi flanco, puesto que el encargado de entregar el documento se está saliendo del rollo con pañuelo en frente y expresando con una afirmación casi burlona que “hay viene otro”, para referirse a su invisible compañero. Era evidente que mí tiempo libre y yo, estábamos destinados a pasar un buen rato acá, por lo menos más del calculado. Muy triste para un joven de veintidós años con doscientas cincuenta millones de cosas que hacer un viernes al mediodía.
Distraído y malhumorado escucho un nombre como el mío y por ende, la mágica e inesperada conclusión del trámite. Ya tocaba ganarle una a la ciudad. Sólo faltarían unos segundos para que me encontrase firmando como recibido y otros pocos instantes más para verme saliendo de aquel lugar un poco más documentado que antes de entrar en él. Lista la cosa. Al cruzar la calle y estando el semáforo en luz peatonal, tengo que sortear a un motorizado quien prosiguió su camino con alta tranquilidad. Aunque inútil pero como directa acción refleja, volteó a mirar nuevamente el semáforo para verificar si me encontraba en lo correcto y observó además a unos cinco metros la presencia de un fiscal de tránsito. Es momento para la ira y para verlo directamente a los ojos, pienso entonces, en que alguien debió haber dicho que el nivel de evolución social y desarrollo de una nación podría medirse por el tipo de desempeño de sus fiscales de tránsito.
H

miércoles, 13 de mayo de 2009

Sin título; n° 6


Recordé el "too weird to live, too rare to die" de Fear and Loathing y ya estaba ahí. Todo era un poco más raro y no sentía mi cara en lo absoluto. Ni mi cara ni nada más. ¿O más bien comienzo a sentir ahora? Todo se mueve, todo es desfase a la velocidad de la onda. Qué hice, qué hago? Claro… Estoy acá. Esto es arena y eso mar profundo. No me gusta la playa. Tenía años sin estar en ella. Un tío casi muere ahogado y el contexto que no ayuda. Aquí sigue ella, siempre estuvo y no se ha ido. Mira su cara, agresiva y naturalmente se mueve, y muta, y consuela. La acabo de perder para siempre. Fue mi culpa. Qué bolas las nubes. Acabo de perderla. Sigo empapado y tembloroso por dentro. Qué pasa, cielo? Tengo miedo porque acabo de morir y la acabo de perder. Ella también murió. Cuánto tiempo llevo llorando y por qué? La ola estuvo fuerte y revolcó cosas en cabeza. Estoy quebrado. Naturalmente torcido y, en esta ocasión, roto. La amo y la perdí de una forma horrenda. La amo y me ama. La amo y me consuela de la forma más cálida. Me ama porque morí y ahora estoy saliendo. Lágrimas que fluyen turbias y te llevan a un sitio que surge a flote en atmósfera tan feliz y con sutil y divina brisa. Entiendo. Antes de todo, incluso del hit, ya estaba muerto. Ahora sólo lo recuerdo.


H