Las once de una calurosa ciudad y lo que tengo por delante es la realización de un trámite. Un pasaporte, que a pesar de que ya requirió la inversión de un esfuerzo extra en mi rutina para su realización, sigue generando molestias e incomodidades. De pie; rodeado de desconocidos que como yo fueron forzados a compartir este espacio de tiempo determinado, con sus respectivos sudores y hedores producto de rutinas variopintas, alimentado por todo el refresco que 7 ó 9 ventiladores no-nuevos pueden brindar en un amplio espacio de unos tantos metros cuadrados, y pastoreado siempre por funcionarios con la peor de las disposiciones y organizaciones; pienso en que alguien debió haber dicho que el nivel de evolución social y desarrollo de una nación podría medirse directamente por el tipo de desempeño de sus organismos formales. Sigo de pie inmerso en la inerte masa de personas-personajes típicas del enviroment local, cuando recuerdo una vocería de alguien en televisión que expresaba enérgicamente que existen muchísimos pasaportes no retirados de las oficinas públicas, lo cual acarrea un problema de seguridad, debido a la importancia de tal documento. Ante esto, la solución planteada, por lo menos verbalmente, fue la quema de dichos títulos legales. Ahora entendía mucho mejor el por qué de tanta gente en el sitio; simplemente se había activado otra de esas paranoias que a diario conviven en esta sociedad, en donde el juego de discursos multicolor chocan y se interrelacionan creando verdades más o menos tangibles con las que nos toca convivir y con las que decidimos identificarnos o no.
- ¡Luisa Pinto, Edgar Palacios, Viviana…! –
Gente que sirve de comienzo al ciclo, nueva cola que se genera, menos individuos en la sala. Comenzaba la fase de desesperación, cuando puedo observar a uno de los trabajadores del lugar quien semanas atrás me recordaba con la sutileza típica de la ignorancia que “¡así, en chores, no puees pasá! Me caliento un poco trayendo de nuevo el episodio y me distrae la disonancia sonora de la turbamulta más cercana, quienes emprendían de la forma más honesta, los gritos que las mejores de las energías de un cadáver de cola pudiesen proferir. El motivo no era ni más ni menos que la hora del mediodía, sitio espacial que significa perdición y dejadez para el trabajador promedio; válvula de escape de la pereza acopiada hasta dicha hora e, inmediatamente, acción profana que dejaría un centenar de personas recluidas en este recinto incómodo y formal. Empiezo realmente a preocuparme.
- ¡Maldita sea la hora del almuerzo!
- ¿Qué dijo, mijo?
- Nada, señora. Le digo a una cincuentona morena que pretende interactuar y a la vez, me doy cuenta de que ni siquiera explicarle una maldición lanzada a los aires a una doña posiblemente devota me puede entretener.
- ¿Qué dijo, mijo?
- Nada, señora. Le digo a una cincuentona morena que pretende interactuar y a la vez, me doy cuenta de que ni siquiera explicarle una maldición lanzada a los aires a una doña posiblemente devota me puede entretener.
Más preocupación cuando noto que el síndrome de la hora de almuerzo está empezando a golpear mi flanco, puesto que el encargado de entregar el documento se está saliendo del rollo con pañuelo en frente y expresando con una afirmación casi burlona que “hay viene otro”, para referirse a su invisible compañero. Era evidente que mí tiempo libre y yo, estábamos destinados a pasar un buen rato acá, por lo menos más del calculado. Muy triste para un joven de veintidós años con doscientas cincuenta millones de cosas que hacer un viernes al mediodía.
Distraído y malhumorado escucho un nombre como el mío y por ende, la mágica e inesperada conclusión del trámite. Ya tocaba ganarle una a la ciudad. Sólo faltarían unos segundos para que me encontrase firmando como recibido y otros pocos instantes más para verme saliendo de aquel lugar un poco más documentado que antes de entrar en él. Lista la cosa. Al cruzar la calle y estando el semáforo en luz peatonal, tengo que sortear a un motorizado quien prosiguió su camino con alta tranquilidad. Aunque inútil pero como directa acción refleja, volteó a mirar nuevamente el semáforo para verificar si me encontraba en lo correcto y observó además a unos cinco metros la presencia de un fiscal de tránsito. Es momento para la ira y para verlo directamente a los ojos, pienso entonces, en que alguien debió haber dicho que el nivel de evolución social y desarrollo de una nación podría medirse por el tipo de desempeño de sus fiscales de tránsito.
Distraído y malhumorado escucho un nombre como el mío y por ende, la mágica e inesperada conclusión del trámite. Ya tocaba ganarle una a la ciudad. Sólo faltarían unos segundos para que me encontrase firmando como recibido y otros pocos instantes más para verme saliendo de aquel lugar un poco más documentado que antes de entrar en él. Lista la cosa. Al cruzar la calle y estando el semáforo en luz peatonal, tengo que sortear a un motorizado quien prosiguió su camino con alta tranquilidad. Aunque inútil pero como directa acción refleja, volteó a mirar nuevamente el semáforo para verificar si me encontraba en lo correcto y observó además a unos cinco metros la presencia de un fiscal de tránsito. Es momento para la ira y para verlo directamente a los ojos, pienso entonces, en que alguien debió haber dicho que el nivel de evolución social y desarrollo de una nación podría medirse por el tipo de desempeño de sus fiscales de tránsito.
H

1 comentario:
En este pais cualquier procedimiento, por minimo que sea, se convierte en una trama perfecta como para una novela de Kafka.
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