Tenía un rato ya con la mano en el pasamanos y reflexioné en cuánta suciedad podía haber ahí. Pienso en las miles de manos de niños de corta edad, cuyo pasatiempo preferido es excavar en el fondo de sus fosas nasales hasta dar con cierta forma gomoso-sabrosa, el destino, bien sea boca o cualquier otro lugar, es irrelevante. Recordé también varias de esas almas en pena, que vagan en modo zombie por la ciudad, deambulando e intentando respirar oxígeno puro dentro de la basura; imaginé de inmediato centenas de personas recostando sus partes en este mismo lugar donde tengo mi mano. Me topo en frente con un tipo elegantemente vestido, porta un tapabocas. Bum. De una, se manifiestan escenarios que van desde el recordar las ingenuas medidas de prevención ante el virus, o las paranoias por querer inyectar a mi novia y a mí de miles de vitaminas que nunca merecieron mayor atención. El virus, imposible de ligar a otro contexto distinto a la especie animal, era para mí la forma manifiesta de la pequeña hecatombe siempre temida por la humanidad. La tragedia, el horror de la vulnerabilidad, ¡el apocalipsis prometido! Mi mano en pálida se desprende de la barandilla, recuerda que debe lavarse al llegar a casa y resignarse al azar. Irreversible y concluyentemente, mucha suciedad para este pasamanos. Vamos a ver qué tal el próximo.
H
