domingo, 9 de agosto de 2009

De almas miserables

I/III


Crecer. De internalizar cosas al paso de la caída de la moneda, en varios sentidos. Le  toca recordar que a los siete le era rutina escuchar gritos entre padre y madre cual música de fondo, mientras le ponían las medias panty del disfraz de príncipe; para el carnaval, claro está. Hace ya más de veintiocho años de aquel episodio y hoy, en parada de autobús, Johnny llevaba colgado del brazo el traje de novio a estrenar en unas 68 horas. La remembranza se diluía entre la lluvia espesa y la espera. Había un nuevo traje para lucir; uno escogido ésta vez. -Soy inteligente, sí, soy un tipo listo, sin duda,-  se decía a sí mismo. ¿Habría sido todo distinto si hubiese sido un poco más flaco a los 15, o con el cabello más liso? Requisa dura a gavetas mentales para compensar la pérdida del libro y el tiempo libre y azaroso. El tiempo. El que habría que vivir y quemar; esa cosa amorfa. ¿Qué habrá pasado con aquel primer amor? - se preguntaba -. ¿Cómo carajo eres, simple y llanamente, otra cosa distinta a la que eras, a la que imaginabas ser? Nada más que esperar y la lluvia que comienza a ceder. Las luces de un gran auto se aproximan y un cigarro que deberá ser postergado. Johhny, que no era para nada un hombre que planificase el más mínimo detalle de su vida, sabría exactamente qué hacer tras media hora de tránsito y dulce llegada a casa. –Aló, diría-.  – sí, quién es - recibiría  de una dulce voz desconcertada, - Es  Johnny Fulop, ¿te acuerdas? -. A él no le importaría demasiado qué habría sido de aquella señorita, tampoco le afectaría que fuera una mujer que profesara la libertad de los cuerpos, sólo quería saber cosas y por eso después del aló y de una quizás buena conversa, la citaría en un hotel bonito del este de la ciudad.


H