jueves, 17 de septiembre de 2009

Tropical; más de treinta

Hacía un clima del demonio cuando Jonás se quitó la camisa a la entrada de la farmacia. La mañana de aquel Jueves, mientras él no podía escuchar nada más salvo lo que sus sueños le relatasen, la señora del clima decía en la tele del cuarto de al lado, que eran treinta y cinco grados los que azotaban Caracas. Treinta y cinco grados que le adherían a la ciudad un poco más de pegote, y a Jonás, le mutilaban sus intenciones de un sueño completo. Frustrado y aún malpegado, tendría que levantarse de su plácida cama y enfrentar el caos habitual de su circo social. Era necesario prepararse lo más rápido posible; el día anterior tenía intenciones de sacar cosas de su cabeza y en el interín, también se esfumaría la compra de la píldora que lo mantenía de humana apariencia. Ya para el momento en que se encontraba frente al escarapelado ascensor de su edificio, estaría casi vestido por completo. Decimos casi porque la camisa aún está al revés y los pantalones a medio cinturón, flojos. Jonás era un tipo que debía jugar a aquello del Jekyll y el Hyde. Violencia y demencial apuro como rutina. Tres o cuatro cuadras a velocidad de sedentarias piernas de treintañero y el cansancio que golpea pinchando en el estómago. Habría que llegar rápido, pero el sol inclemente no le ayudaba. Sudor a raudales en todo su cuerpo y un malestar incipiente; ya se divisa el rojo neón que reza “de turno”. Más dolor de rodillas y punzadas miles. Pantalones y piernas se aman y se juntan tanto como pueden, gracias a los fulanos treinta y cinco. Ya el razonamiento lógico lleva a Jonás a desprenderse de su prenda superior. La morena obesa que gana su sueldo al paso del click- abolla- facturas, gustosa habitual de más jarabe del que cualquier tos casual pudiera necesitar; reportó que el muchacho descamisado, sudoroso y pálido escupió palabras inentendibles y luego, empezó a temblar sin control en el piso de la droguería.


H

domingo, 13 de septiembre de 2009

Recordatorio de honestidades

Su actitud me estaba empezando a ladillar, y entre frases, ver la ira pura emanada a través de sus ojos, resultaba sencillo. En modo cabello suelto castaño oscuro, jeans y misma blusa vestida hace par de días, cuando decidí extender el tiempo de mi compra de cigarros. Creo que no se la había quitado desde entonces. Sin tapujo que valga ahora, amigo mío, le digo que siempre me generaba un morbo particular verla algo molesta, porque se me hacía irremediablemente guapa y mis deseos se ocupaban entonces, en revertir todo lo que implicara esa pelea del momento, mientras le hacía el amor. Pero esta vez creo que no me causaba tanto morbo el verla. No sé si por el manoteo repetido con violencia a tres centímetros de mi rostro, o por las lágrimas que le hinchaban la cara y logrando lo imposible, la afeaban. Cosa dura porque esa mujer era todo dulzura conmigo e incluso, con nuestros pequeños. Mis paranoias me regalaban más locuras e inseguridades de las que la realidad diariamente me invitaba a disfrutar. Era buena y lo estaba también. En cualquier evento que implicara amigos, espontáneamente mi cerebro se detenía, por lo menos un segundo, a pensar que era yo era el más afortunado de ese lote de vagabundos, borrachos; todos envejecidos y con gordas y feas esposas. Por supuesto que también veía lo provechoso de haber escogido a alguien tanto más joven. Para entonces, su saliva se disparaba y seguía llenándome, a veces cerca de los ojos. De vez en vez, se le quebraba la voz mientras clamaba que aquello de Oriana no podía ser. A decir verdad, en el tiempo que duró nuestra junta sentimental nos amamos bastante, por lo menos, suficiente. - ¿ Por qué cagarla, entonces ? - Me espetó el hombre, visiblemente indignado. - Porque Oriana tenía mejor culo -, le dije sin sentirme del todo mal.

H

miércoles, 2 de septiembre de 2009

De almas miserables

II/III

Al poco rato en que el nombre Fulop llegó a sus oídos, mujer no podía parar de reír. Una risa nerviosa. Lo único que saltaba casi espontáneamente de su memoria eran flashes de aquel simpático y robusto muchacho en plenos años de infancia. Coexistían claramente amigos en épocas pasadas y la vida adulta los habría de separar. Ahora, ocupaban distintas posiciones en una sociedad con imposibilidad para el status fijo; cambiante al ritmo de las circunstancias, también mentadas miserias humanas. De un aló casual a uno de esos que, un día cualquiera, simplemente te abofetean tan duro que resulta imposible pararte en el mismo lugar y en la desorbitación natural de la cabeza, cambias de destino. No eran los mejores momentos para recibir esa llamada. Aún faltaba un poco más de lápiz labial, tacones guapos y un físico increíble dispuesto a consumirse de nuevo en dignidad, para luego exponerse en microfaldas y escotes. Sin olvidar la nena de diez años que llevaba un sólo apellido y que habría que sacar adelante. Definitivamente, no eran los mejores ratos para tal cosa. No habría para qué revolver mierda sobre la vida que no se tuvo. Esa misma que la formaría en carácter y que aunque la expondría rutinariamente a manos de todoelmundo, no la dejaría morir de hambre. Mujer no haría otra cosa que decidir variar su rutina y esperar una bonita ocasión.  Así que con una media sonrisa diría,  – ¿Fulop, no? Por supuesto que me parece bien a las nueve -.


                                                                                                                                     H