Al poco rato en que el nombre Fulop llegó a sus oídos, mujer no podía parar de reír. Una risa nerviosa. Lo único que saltaba casi espontáneamente de su memoria eran flashes de aquel simpático y robusto muchacho en plenos años de infancia. Coexistían claramente amigos en épocas pasadas y la vida adulta los habría de separar. Ahora, ocupaban distintas posiciones en una sociedad con imposibilidad para el status fijo; cambiante al ritmo de las circunstancias, también mentadas miserias humanas. De un aló casual a uno de esos que, un día cualquiera, simplemente te abofetean tan duro que resulta imposible pararte en el mismo lugar y en la desorbitación natural de la cabeza, cambias de destino. No eran los mejores momentos para recibir esa llamada. Aún faltaba un poco más de lápiz labial, tacones guapos y un físico increíble dispuesto a consumirse de nuevo en dignidad, para luego exponerse en microfaldas y escotes. Sin olvidar la nena de diez años que llevaba un sólo apellido y que habría que sacar adelante. Definitivamente, no eran los mejores ratos para tal cosa. No habría para qué revolver mierda sobre la vida que no se tuvo. Esa misma que la formaría en carácter y que aunque la expondría rutinariamente a manos de todoelmundo, no la dejaría morir de hambre. Mujer no haría otra cosa que decidir variar su rutina y esperar una bonita ocasión. Así que con una media sonrisa diría, – ¿Fulop, no? Por supuesto que me parece bien a las nueve -.
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