Su actitud me estaba empezando a ladillar, y entre frases, ver la ira pura emanada a través de sus ojos, resultaba sencillo. En modo cabello suelto castaño oscuro, jeans y misma blusa vestida hace par de días, cuando decidí extender el tiempo de mi compra de cigarros. Creo que no se la había quitado desde entonces. Sin tapujo que valga ahora, amigo mío, le digo que siempre me generaba un morbo particular verla algo molesta, porque se me hacía irremediablemente guapa y mis deseos se ocupaban entonces, en revertir todo lo que implicara esa pelea del momento, mientras le hacía el amor. Pero esta vez creo que no me causaba tanto morbo el verla. No sé si por el manoteo repetido con violencia a tres centímetros de mi rostro, o por las lágrimas que le hinchaban la cara y logrando lo imposible, la afeaban. Cosa dura porque esa mujer era todo dulzura conmigo e incluso, con nuestros pequeños. Mis paranoias me regalaban más locuras e inseguridades de las que la realidad diariamente me invitaba a disfrutar. Era buena y lo estaba también. En cualquier evento que implicara amigos, espontáneamente mi cerebro se detenía, por lo menos un segundo, a pensar que era yo era el más afortunado de ese lote de vagabundos, borrachos; todos envejecidos y con gordas y feas esposas. Por supuesto que también veía lo provechoso de haber escogido a alguien tanto más joven. Para entonces, su saliva se disparaba y seguía llenándome, a veces cerca de los ojos. De vez en vez, se le quebraba la voz mientras clamaba que aquello de Oriana no podía ser. A decir verdad, en el tiempo que duró nuestra junta sentimental nos amamos bastante, por lo menos, suficiente. - ¿ Por qué cagarla, entonces ? - Me espetó el hombre, visiblemente indignado. - Porque Oriana tenía mejor culo -, le dije sin sentirme del todo mal.
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