sábado, 7 de noviembre de 2009

Gastón fue

II
Del amor que no ocurrió

La elección natural tras cerrar la puerta de casa, sería tomar el metro y recibir mi aventón. Prefería por hoy que otro fuese el conductor designado de regreso; de momento no podía ni cargarme a mí mismo, mucho menos al transcurrir la noche. Entrada en la estación y puesta en marcha veloces. Mi vagón no está abarrotado o vacío; es un término medio con caras casuales, divertidas, humildes, jóvenes y destrozadas y, el titular del periódico que dobla y desdobla la dama embarazada a quien tengo enfrente, me deja saber que, por pequeña que parezca la decisión de abordar a estas horas ciudadpaís, deben saber correrse ciertos riegos. Incluso, todos.

- Se debe estar en cabales-, digo para mí en voz baja y sin notarlo, sin que deje de empezar a consumirme la paranoia.

-Hay que salir del hueco, muchacho-, me repito.

La mujer embarazada se ha cambiado de puesto a uno más lejano. Antes de abandonar el vagón, la observo intentando reprocharle su actitud. También la puedo comprender perfectamente. Le gana el prejuicio a sus ganas de confiar en el raro. Salir del calor subterráneo a la gélida noche. Ya veo a mi cola llegar, y Angélica está borracha. Dante resuena en la calle solitaria. Totalmente alcoholizada, me señala cuál es mi puesto; es el único disponible y no esperaba esta escena. Entro al auto y saludo al güero. Arrancamos descontroladamente. Me debe una por la desagradable sorpresa.

H