De haberlo sabido él jamás lo habría hecho, pero de eso se trata; de enredos, confusiones y suposiciones. Si no es así, cómo se divertirían los dioses. Lo hizo. Y después de todo no se sentía tan mal. Eso de culpa o remordimientos, peor aún, “cargo de conciencia” no le iba ni venía ahora. Se acababa de derrumbar todo un paradigma de vida, de moralidades, además de uno de los tan mentados diez mandamientos, al menos algo así podía rescatar de su antigua catolicidad. La había matado, con una pistola o un martillo, quizás la estranguló. Sintió placer al hacerlo, disfrutó cada instante, cada segundo de un rostro atormentado ante la visita de la ceguera prolongada. Qué importante resulta el mañana para poder planificar mientras la vida transcurre y discurre ante nuestros ojos. Pensamos en el mañana con libertinaje y egoísmo. Pero hay quien acecha. Hay quien convierte rabia en motivos. Hay quien se ofende incluso por agravios a terceros cercanos. Éste era su caso. ¿Cómo podía esta mujer mofarse de aquel hombre que tanto la amaba? Ahora se veía destruido, sin consuelo. Entonces decidió hacerlo. Y, sin más, así fue. La eliminó. No sintió dolor ni remordimientos. Ahora él era el Dios y se ahorraba la pesadumbre de la supresión de elementos en sus propias letras para buscar nuevos finales.
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